Blue Prince: la vuelta al anotador y el misterio

Una mansión que cambia cada día y puzzles que te van a hacer buscar el cuaderno que no usabas desde los 90.

Tonda Ros tardó ocho años en terminar Blue Prince y después de jugarlo, uno entiende perfectamente por qué.

Hay juegos que te hacen recordar por qué empezaste a jugar. No por sus gráficos ni por su presupuesto, sino por esa sensación que parece olvidada: la de sentarse frente a la pantalla con un anotador al lado. La de dibujar mapas a mano, anotar códigos, copiar frases que no entendés todavía pero que intuís que van a importar más adelante. Los que vivieron la época de Myst, o los que alguna vez dibujaron en papel cuadriculado los pasillos de Eye of the Beholder, van a reconocer ese sentimiento de inmediato. Blue Prince lo trae de vuelta.

El juego fue lanzado en abril de 2025 casi sin hacer ruido y, en cuestión de días, se convirtió en uno de los lanzamientos más comentados del año.

En Blue Prince tomamos el rol de Simon P. Jones, quien hereda la mansión Mount Holly de un familiar lejano, con una condición: encontrar la misteriosa habitación número 46. La mansión tiene 45 habitaciones conocidas, pero esa 46 permanece oculta. El problema, y también la magia del juego, es que cada vez que entramos a la mansión, el plano cambia. Las habitaciones se redistribuyen y tenemos que volver a construir un nuevo camino eligiendo qué puertas abrir, qué salas priorizar y administrando una cantidad limitada de pasos por día.

Aunque la mecánica roguelike que utiliza pueda parecerte familiar, lo que más destaca es la exploración y la sensación de estar desenredando un misterio enorme, capa por capa, sin que el juego te lleve de la mano en ningún momento. Blue Prince no te explica nada. No hay tutoriales, marcadores en el mapa o una voz que te diga qué hacer. Todo lo que sabés lo aprendés explorando, leyendo las notas que Simon va encontrando y anotando las pistas que van apareciendo.

La cantidad de secretos que esconde la mansión es intimidante. Un objetivo que parece simple, como lo es llegar a la habitación 46, se va abriendo en capas de misterio que conectan habitaciones, personajes, cartas y objetos de formas que seguramente no vas a anticipar. Cada visita a la mansión, incluso las fallidas, te deja algo, sea una pista, una conexión que no habías visto o una habitación que todavía no habías explorado.

La crítica que podemos hacer es que el juego pierde algo de lo que lo hace tan especial en su tramo final. Los puzzles se vuelven considerablemente más crípticos y empezás a depender de que el juego te "reparta" ciertas habitaciones específicas en la misma run para poder avanzar. Si la suerte no te acompaña, podés quedarte dando vueltas durante horas sin progresar, sin importar qué tan bien estés jugando. Es una frustración que no arruina completamente la experiencia, pero sí opaca lo que podría haber sido un final más redondo.

Aun así, para quienes disfrutan de los puzzles, del lore bien construido y de esa sensación de descubrir algo nuevo en cada sesión, Blue Prince es una experiencia que no se olvida fácil. Es exactamente el tipo de indie que muestra que todavía existen desarrolladores dispuestos a hacer algo genuinamente diferente.